Soy originario de Veracruz y a las luciérnagas les decimos “cocuyos”. Desde que era niño me parecía un nombre muy bonito.
Hace muchos años había noches en que los cocuyos aparecían en el jardín de la casa. De inmediato apagábamos las luces, la televisión y nos quedábamos a oscuras y en silencio para observar sus lucecitas. Su presencia era de tres a cinco minutos y luego se apagaban. Seguido teníamos la ilusión de que aparecieran aunque no siempre teníamos suerte.
Incluso una vez uno se metió a la casa y voló por la sala. Fue muy emocionante ver su lucecita verde amarilla tan cerca. Después mis papás lo atraparon y lo regresaron al jardín.
Con el cambio del clima, los cocuyos redujeron su población y dejaron de aparecer. Aunque no se extinguieron, ahora ver uno es todo un acontecimiento. Aunque sus apariciones eran breves, forman parte de mis primeros recuerdos y dejaron una fuerte y feliz impresión en mí. Me gusta recordar esos momentos, las imágenes y las emociones que sentía en esos momentos.
Hasta hace no mucho, yo era renuente a compartir mis historias, vivencias y reflexiones. Aunque quería hacerlo, la pena o la inseguridad personal hacían que me reservara todo pero ahora quiero hacerlo. Eso que los cocuyos provocaron en mi quisiera hacerlo a través de contar historias.
He aprendido que la memoria es muy frágil y las cosas se olvidan muy fácil. Si incluso las civilizaciones se pierden y los pueblos olvidan quiénes eran, ¿qué será de nosotros? Quiero rescatar mi historia pero también compartirla con los demás. Si yo no lo hago yo, nadie más lo hará.
Así como los cocuyos, no quisiera quedarme sin historias qué contar ni que desaparecieran, sino ¿qué sentido tendría todo esto? Quiero que perduren lo más que puedan y que todos las puedan puedan ver. Gracias por estar aquí.

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